Escribe; Walter Pimienta J.Segundo Avilés llegó al pueblo a las seis en punto de la mañana.Venía de Pailitas, de la finca El Remanso, de don Alberto Marulanda. Nueve mil hectáreas entre Pelaya, La Gloria y Tamalameque. Tres meses cogiendo algodón bajo un sol que no perdona, con las manos rajadas, la espalda doblada, llenando costales que pesaban más que él. En el bolsillo del jean marca “Era”, traía un fajo de billetes de a veinte pesos oro, de los que traían pintado a Caldas, doblados con cuidado y envueltos en una bolsa plástica para que no se le mojaran con el sudor: trescientos ochenta pesos. Era toda su cosecha. Le alcanzaba para una vaca y dos toros.
Su mujer, Rosa Celorio, de los Celorio de Pueblo Viejo, Magdalena, le había dicho antes de que él se fuera para la cantina “El Rodadero”, donde la bocina lo llamaba con la voz de Antonio Aguilar cantando La mancornadora:
—Segundo, con eso arreglamos el techo, que ya no aguanta otro invierno.
Él había asentido con un movimiento de cabeza. Lo decía en serio.
Se sentó en un taburete de cuero contra la pared de piedra de da a la Calle del Cementerio. Se quitó el sombrero de paja para limpiarse la frente. Tenía una sed de tres meses. Una sed de cerveza.
—Caslito —era el cantinero—, regáleme una fría, pero bien fría.
La primera se la tomó como se toma el agua después de cruzar el desierto. De un solo trago, con los ojos cerrados. Por acá no hay desierto, pero esa vez sí lo hubo.
La segunda se la tomó más despacio, mirando a la gente pasar que lo saludaba: