
Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que demasiadas cosas están ocurriendo simultáneamente como para limitarse a mirar hacia otro lado. Guerras, fronteras, petróleo, gas, minerales estratégicos, rutas marítimas, migraciones masivas y disputas territoriales. Piezas aparentemente separadas que, cuando se colocan sobre el mismo tablero, obligan a hacerse una pregunta incómoda, ¿quién mueve realmente las fichas y quién termina pagando la partida?
El estrecho de Ormuz es probablemente el ejemplo más evidente. Por él circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una cantidad decisiva de gas natural licuado. No es una carretera privada ni existe un peaje internacional por atravesarlo, es una de las grandes arterias marítimas del planeta. Sin embargo, cuando una guerra convierte ese paso estratégico en una zona de peligro, el problema deja de ser exclusivamente militar. Se convierte en inflación.